Kindred Souls by Patricia MacLachlan

By Patricia MacLachlan

Jake’s grandfather, Billy, hears the controversy of birds, is eighty-eight years previous, and goes to reside eternally. even if Billy will get unwell, Jake understands that every thing will pass on as continually. yet there’s something Billy wishes: to rebuild the sod condo the place he grew up. Can Jake supply him this one specified thing?

From cherished writer Patricia MacLachlan comes a poignant tale approximately what we do for those we adore, and the way the bonds that carry us jointly additionally let us permit one another cross.

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The Epigraphy of Death: Studies in the History and Society of Greece and Rome

Tombstones give you the greatest unmarried classification of epigraphical proof from the traditional global. even if, epigraphy – the learn of inscriptions – continues to be, for plenty of scholars of heritage and archaeology, an abstruse topic. by means of marrying epigraphy and demise, the individuals to this assortment desire to inspire a much wider viewers to contemplate the significance of inscribed tombstones.

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Vangerdahast hizo un gesto de asentimiento. Sin duda el joven había pasado por alto aquel último detalle, al explicar lo sucedido a la princesa. —Lo... Lamento mucho todo lo sucedido —pareció decir Aunadar a toda la estancia en general, agachando la cabeza. Los tres permanecieron sentados en silencio durante un largo minuto. Tanalasta siguió abrazada a Bleth, que observaba el suelo. Ella apretó con fuerza los hombros del noble para hacerle reaccionar, y éste levantó la mirada para observar a su amada, logrando esbozar una fugaz sonrisa.

Lo sabe perfectamente. Los elfos somos personas de honor. ¿Y los dragones? Thauglor, la Oscura Muerte, asintió de forma imperceptible y gritó una orden al joven dragón azul. Iliphar dio un paso atrás cuando los dos hablaron brevemente en el alto wyrn de los dragones. Una vez que hubieron terminado, el dragón se volvió de nuevo a Iliphar. —Nosotros, los dragones, también tenemos honor —dijo el dragón negro, mientras los últimos vestigios de humo envolvían su cabeza—. Y respetaremos el acuerdo pactado.

Llevaba unos pantalones sueltos y andrajosos, y una camisa de similar factura, hecha jirones y sucia, pero aun así de un corte más delicado que la ropa de los humanos del campamento. La verdad es que no se parecía mucho a sus captores. Las mujeres empujaron a rastras al frágil humano, y al llegar a la altura del peludo caudillo lo obligaron a ponerse de rodillas. Su señoría sacó pecho y sonrió. Le faltaban algunos dientes, tanto de arriba como de abajo. Su señoría gritó una pregunta en la lengua bastarda de los humanos.

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